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JORDI BUCH OLIVER |
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Una història agosarada A la
petita badia de Porlligat, entre turons coronats de xiprers, oliveres i alzines,
el mar entrava terra endins com si fos una llengua de gos que llepava una terra
castigada amb les llagues del temps. Pels marges de la carretera, que baixava
amb ziga-zaga fins a la badia com una serp, s’amuntegaven llesques de pissarra
negra folrada de molsa groga, resseca: semblaven escames d’escurçó. A baix
de tot, entre blaus de marina i cels transparents de tramuntana, s’aixecava
una casa fabulosa, blanca com les cases eivissenques llustrades de calç. Estava
cementada sobre el pedram mullat de la caleta, just en el límit a on els
musclos folraven la roca com si fossin polls. A tocar amb l’aigua, les pedres
eren arrodonides com els ous d’un gos. Tot plegat, feia fortor de peix podrit
i de pixats de cantonada sota un fanal encès a les sis de la tarda. Aquella
estampa era un caprici de la natura..., un accident meravellós. Fragment del llibre "DIGUES QUE SÓC AGOSARAT" Edicions La Busca, Barcelona Primer Premi "V Edició del Premi Literari 2005 de Sant Jaume d'Enveja" (Tarragona), convocat per l'Ajuntament de Sant Jaume d'Enveja (Tarragona). Sant Jaume d’Enveja, 23 de juny del 2005. |
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Un día cualquiera, uno de esos días que se levantó con el
tormento de la nostalgia en sus venas, como si ese tiempo plomizo y frío del
otoño le hubiera cargado a sus espaldas veinte o treinta años de más, se le
antojó hojear un viejo álbum lleno de recuerdos, de olores rancios, y de
fotografías amarillentas de sus primeros años de escuela. Se detuvo ante una fotografía, una cualquiera, de un día
cualquiera, en la que estaba con sus compañeros de clase. La miró
detenidamente. Apenas conseguía acordarse de como era su cara veinte años
atrás... ... No era fácil recuperar del olvido aquellas imágenes...
Habían pasado ya tantos años que no todos sus recuerdos habían logrado
sobrevivir. A los cinco años, sus recuerdos, se perdían en la elasticidad del
tiempo y en la opacidad del olvido. A esa edad, eso sí lo recordaba, sus padres
lo sacaron de un internado femenino de monjas francesas e ingresó en una orden
marista. El colegio, su nuevo colegio de curas, por aquella época, ya
era un edificio del siglo pasado, decadente, rodeado de grandes extensiones de
tierra, delicados jardines del edén, y faunos impúdicos mostrando su desnudez
a la sombra de enormes murallas pétreas y casi de dimensiones bíblicas. ... Viendo aquellas fotografías iba retrocediendo en el
tiempo, diluyendo las imágenes con sus recuerdos perdidos en la trastienda de
su mente. El presente, se le hacía pasado, y, el pasado, lo atrapaba robándole
el presente, lo que, para entonces, sin darse cuenta, ya era su futuro. Había
traspasado el umbral del espacio-tiempo y su romántica locura lo sumergía en
ese olvidadizo y borrascoso mar del pasado donde se mecían sus recuerdos como
débiles barquillos de papel. ... Las tres de la tarde, la señal de la cruz, y veinticinco
pequeñas voces, orquestadas por el padre Raimundo, recitaban el Ave María. El
eco de sus rezos, se perdía en la inmensidad de los pasillos de deslustrados
mosaicos de jade y desgastadas losas de mármol. Mil voces más, escapando a
hurtadillas de sus pecados, susurraban otros rezos y oraciones... Por
nuestros hermanos de Madagascar, Africa y Asia ¾
rezaba el cura¾ y, alguien, al precio de dos monedas
de diez céntimos, que echaba al indio de porcelana que recogía las limosnas
para las misiones, compraba el perdón de sus pecados..., sus pecados, bien
valían dos monedas..., esas dos monedas que su madre le daba para comprarse dos
varitas de regaliz. ... Y el tiempo hacia clic, clac..., y, uno a
uno, iban avanzando los segundos en las manecillas del gran reloj..., clic,
clac..., una a una, iban pasando las cuentas del rosario por los dedos de
Don Raimundo. Clic, clac..., la vida transcurría con divina
paciencia, sin prisas, siguiendo los pasos perdidos de un tiempo adormecido en
los silencios de las tardes otoñales... Y la vida pasaba, como un suspiro, y el
viento susurraba entre los arbustos, deshojándolos como castillos de naipes. Junto al estanque, de peces de colores, alguien recitaba unos
versos de San Juan de la Cruz..., y el otoño languidecía, pausadamente,
dejando, a sus pies, y a los pies del pequeño fauno, su infatigable compañero
de lecturas, una alfombra rojiza de hojas resecas..., y poca cosa más...
Mañana, tal vez pasado, el viento, borraría su recuerdo... Y llegaría el
invierno, y después la primavera, y, por fin, el verano..., un verano que, como
siempre, pasaba como un suspiro. Con el agridulce sabor de la nostalgia en los labios, al
doblar la última hoja del álbum de fotografías, se encontró en 1968, cuando,
a sus once años, cursó su primero de bachiller..., los pequeños diablos
del primero de bachiller ¾ así se hacían
llamar¾ . Y ahí estaba él, un pequeño diablo,
subido al encerado de madera, a los pies de un Cristo crucificado, traduciendo,
en voz alta, del libro de lecturas, unos versos en latín... ...Cesar, mandó a sus legiones al puerto de..., de una
Hostia... ¾ rectificó¾
: Cesar, mandó a sus legiones al puerto de Hostia... ...Y esos versos, que traducía como podía, y con más
desatino que fortuna, pasaban por su mente como sus recuerdos, que, con la
distancia de los años, también interpretaba como podía... Se había olvidado
del latín, pero, de las imágenes de su niñez, de sus años de escuela, no se
había olvidado: danzaban en la trastienda de sus sueños y, pasaban ante sus
ojos, como si fueran caballitos de cartón dando vueltas en un tiovivo... ... Una moneda por subirse ¾
pregonaba un feriante, un trotamundos, hacedor de sueños, al precio de una
moneda¾ ... Y él, con los labios llenos de algodón
azucarado, le pedía a su padre una moneda para emprender el viaje..., un viaje
mágico, sin duda... Y el tiovivo danzaba, girando y girando, y a cada
vuelta se encontraba con un instante de su vida, como hojeando el viejo álbum
de fotografías... Y el tiovivo seguía danzando, girando y girando,
acelerando cada vez más y avanzando sobre sí mismo. Todo, a su alrededor, se
movía muy rápido, como la vida misma, que no se detiene, no antes de que se
agote el crédito de nuestra moneda... Quien tuviera, entonces, otra moneda...,
quien tuviera, otra vez, los labios dulzones, de algodón azucarado... ... Sus sueños se desvanecían..., y se llevaba los dedos a
la boca, intentando recuperar aquél sabor de su niñez, mientras cerraba el
viejo álbum de fotografías y cruzaba, de nuevo, el umbral espacio-tiempo donde
encontró la magia de danzar entre el presente y el pasado..., aunque, ahora, al
volver del pasado al presente, descubría, con tristeza, que ya no habría más
monedas para ningún otro viaje..., ni otro tiovivo..., ni feriante
hacedor de sueños..., ni nubes de algodón azucarado... Segundo Premio del XII certamen literario de
poesía y prosa de la Asociación Cultural "7 plomes" de Mollet del
Vallés (Barcelona). Abril del 2003. Publicado en la revista "Mula Verde
Review" (Miami, diciembre del 2005) y presentado en la Feria Internacional
de Libro de Guadalajara, en Méjico. |