1º PREMIO ¿Recuerdas, amor, cuando cayeron
las bombas? Daniel Frini
Estábamos borrachos de alegría, y de
pronto
tu imagen y la mía quedaron grabadas
―negativos de ceniza― en la blanca pared del viejo bar
que estaba en la esquina noroeste de la plaza,
justo enfrente de la iglesia, que se esfumó esa tarde.
Es curioso adivinarnos dándonos un beso,
tomados de la mano; dos figuras
blancas en la pared quemada;
a solo un palmo de distancia de la mancha
en que mudó aquel niño que estuvo a punto de darnos una rosa
a cambio de monedas, como todas las tardes,
hasta aquella en que estábamos locos de alegría y de pronto.
También está la rosa dibujada. Era roja y ahora
es blanca en la pared quemada.
Habíamos hablado de la casa, los muebles por comprar
Los hijos que vendrían. «El primero en llegar
será David», dijiste. «¡Por Dios, que nombre feo!
Será mujer. Se llamará Lucía» contesté sólo
para hacerte enojar. Ni David, ni Lucía
están en la pared oscura.
Porque las bombas no saben de futuros. Y doy
vueltas por aquí todos los días, supongo
que en las tardes. Ahora es siempre un crepúsculo
que apenas deja ver nuestras figuras
blancas en la pared quemada.
Te busco y le pregunto al diariero
que está dibujado en la otra esquina, al placero
que desapareció en la fuente y al cura
que se fundió con su campana y sigue
sin entender que Dios ya vino por segunda vez
a la Tierra, atrapado en las bombas, pobre Dios.
Nadie sabe. A veces llueve,
y la lluvia lava los contornos. En unos años
no estarán, siquiera, tu figura y la mía,
y el niño y la rosa en la pared quemada.
En otros años más, o en cien, o en mil
no estará la pared. Y en dos mil siglos, tal vez,
podrán entrar a salvarnos. Una lástima.
¿Vendrá Dios por tercera vez a redimir sus criaturas,
fantasmas de fantasmas?. De todos modos,
lo voy a esperar. No tengo nada
que hacer hasta entonces, salvo extrañarte.
Tenía un anillo para darte esa tarde
cuando cayeron las bombas (no está dibujado
en la pared quemada). No sé dónde quedó
y no tengo manos para buscarlo, amor
donde antes había una plaza.
Le pregunto a las bombas y no saben.
«Cumplíamos órdenes», dicen. «Y por cierto» , agregan,
«qué hermoso cuadro pintamos en la pared quemada»
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ACCÉSIT
Del ocaso en los cafés
Amando García Nuño
Una copa sobre la mesa aguarda
al amor que no vendrá. La tarde
abate los minutos arrojados
a los contenedores de la ausencia.
Alguien atisba tras el cristal los pasos
huidizos en la acera. Cualquiera
podría entrar y decir soy yo,
ya sé que me esperabas... La mujer
se sienta en este bar todos los días
al volver del trabajo, pide un café
y un licor distinto cada día,
nunca se sabe el gusto que el azar
concede a la quimera cuando llega …
Se emborronan de ocaso las figuras
enmarcadas en la ansiedad del vidrio.
Empieza a refrescar, y el camarero
intuye por oficio el desvarío
sobre la mesa seis. Hay unas gotas
de alivio y ron en semejantes casos
que se mecen sobre el licor intacto.
Ella espera, como todos, un instante
oculto en la alacena del futuro,
quizá pueda ser hoy, aún es martes
frente al escaparate de de los sueños.
En algún lugar una mirada
tiende puentes hacia sus ojos secos,
el gozo se desliza al mismo tiempo
que el café con leche y sacarina
donde bucea ya, garganta abajo,
la leve decepción del alma ausente.
No importa, volveré mañana,
piensa animosa, mientras recoge el bolso
y la arrugada hora del intento,
el amor está, ojalá, bajo los canalones
que enmarcan las fachadas del olvido.
Sale a la calle y, mientras tanto,
el camarero toma en silencio el vaso
sin destino ya en la mesa seis,
todos los días lo prueba, sabe a él mismo
en sus gotas de ensueño. Hoy no salió
como esperaba, mañana añadirá
un dedo de osadía, sí, soy yo,
ya se que me esperabas…
O quizá no,
quizá siga admirando en la distancia
a esa mujer con la ilusión colgada
de su bolso. Mañana será miércoles,
buen día para hallar en la bodega
la esperanza que se degusta a sorbos,
la certidumbre azul del trago largo,
buen día de añadir al hielo
el jubiloso empeño, a fecha fija,
de corazones que nunca encuentran nada
por los cafés que clausuró la vida.
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1º FINALISTA
El niño
Ulyses Villanueva Tomás
Hay un extraño gesto en la mirada del niño,
como si le faltara el rabillo del ojo
y ese confín de las cosas fuera más cercano,
una certeza íntima que no comparte,
una zancada fuera del burladero
cuando al fin te pregunta:
¿alguna vez te ha atravesado el infinito?
y tú callas cruzando una calle en domingo,
sujetando su mano blanda y casi palmípeda,
su pequeño tamaño creciendo sin prisa
hacia lo inesperado.
Buscas una respuesta rápida
pero nada de lo que sabes te sirve.
Tiempo atrás le hablaste de algo importante:
no pierdas el horizonte de tus ojos,
no te acostumbres a bajar la mirada,
y desde entonces se ha acostumbrado
a ver más allá,
a descubrirse en el asombro de lo inmediato,
a no ser su nombre,
ni su ropa, ni su futuro.
Su alma cóncava percibe el mundo
como un gran océano sin fondo,
y se lanza a ese lugar invisible
donde los seres somos más seres
y menos forma.
Caminamos hasta una estación de tren
donde esperamos en silencio.
Hangar de tiempo y de nostalgia,
espacio donde la memoria olvida pronto
rostros y equipajes.
siempre le gustó contemplar los trenes
y crear esa fantasía donde varios tú
parten y regresan creando otros mundos.
Acaso nuestra vida de adulto signifique
más o menos eso,
una secuencia de afectos que emergen y desaparecen.
Sentados en un banco de madera
en un andén par,
con la misma voz de cristal
que usa para pedir la merienda
o para dar las buenas noches, pregunta:
¿alguna vez te ha atravesado el infinito?
¿alguna vez te ha atravesado el infinito?
y sin soltar mi mano
y en la altura de una mente aún libre y real, escucha:
ahora.
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